martes, 26 de agosto de 2008

Monos.



Camino por el patio de la escuela, como mono primitivo, buscando entre las ideas en mi cabeza, alguna buena, alguna que destaque de entre las demás, pero como gesto travieso por parte de mi cerebro poco evolucionado, no la logro encontrar. Ideas, ideas, nervios, muchos nervios, se lo quiero decir hoy, pero no puedo, pero quiero.
Su recuerdo hace mella de mis intenciones, su pose, su manera de mirar, su tenue voz que todo lo dice, que todo lo puede descubrir, ese libro abierto que es ella en este instante, y yo tan tímido, tan poco arrojado, prefiero morir en el silencio como barco naufragando en la inmensidad del mar.
Y la noche se apodera de mis sentimientos, una guerra intensa se esta llevando acabo dentro de mi pecho, soy una bomba sin explotar y esa es mi intención, explotar, en ideas, en frases, en palabras, en amor (la maestra de biologia dice que esto es normal, que esto que siento es solo un pretexto de la naturaleza, el cual le permitió a nuestros genes evolucionar hasta llegar al homo sapiens). He vivido catorce diciembres, catorce inviernos, pero este es el mas frío, sin embargo también sudo y no hace calor, es extraño, pero no le pongo tanto interés pues la intención retorna, me golpea, me flagela.

Melina se acerca lentamente y el reloj se para, el viento se detiene maliciosamente y las nubes transportadas por este me miran desde el cielo, el contorno de mis ojos se adormece y las piernas parecen sostenerse a base de un milagro magistral. Rosa es la banda que trae puesta en la cabeza y la mía explota en emoción a mirarla, su sonrisa traviesa me demuestra algo que mi inteligencia aun no sabe descifrar, es un dilema, es un problema. Las piernas de Melina son blancas y delgadas, pero en esta ocasión parecen llevar al infinito, una gota de sudor resbala por mi cara, la primera, la segunda, una tercera y pierdo la cuenta, ahora ya no existe el pasado ni su historia, el futuro es mera ilusión y sus ojos se comen el momento, comienzo a restregarme las manos sobre el pantalón del uniforme, para ocultar mis nervios, intento sonreír, pero mi sonrisa es mas estática que el gesto de una estatua, “pobre diablo” ha de pensar ella, eso me pone peor, tengo que decirle que me gusta, que desde la primera vez que la vi (la semana pasada) me ha robado el pensamiento, tengo que decirle que los números en la clase de matemáticas solo me sirven para contar las horas en mi casa cuando no la veo. Se acerca, me muero, quiero huir, los nervios, mis piernas, ¡las suyas!

Lujan.

domingo, 24 de agosto de 2008

minuto cero





Minuto cero.



Frió, solitario, simple, de forma rectangular, con muchos significados, despertando muchas reacciones, ideas preconcebidas, provocador de temores tan humanos, de sentimientos tan culpables, de reflexiones baratas. Frió, oscuro, un ataúd, una vida que se fue, una muerte, un cadáver cubriéndose con él de todo en este mundo rápido, del caos, del miedo, del trafico, cubriéndose ya para nada.

Personas sollozando, gritando, aturdidas otras callaban, y otras mas en voz baja hablaban bien de ella, ---era una gran persona---decían algunos---la queríamos tanto---otros---era el amor de mi vida---pensó él.

En estas ocasiones siempre las nubes parecen ponerse maliciosamente de acuerdo, y una lluvia descendió diáfana por el aire, la primera de las gotas se dejó caer desde el cielo como bomba sobre ciudad enemiga, lenta, alevosa, con todo ese animo de herir, de lastimar, de rematar al enemigo. Reventó sobre el negro cajón, a un lado de la cruz plateada, casi destrozando la corona metálica que portaba tristemente el cristo pegado a la cruz, esté mirando de costado parecía mirarlo a él, como si fuese que por medio de este Jesús helado, ella le regalara su ultima mirada, despidiéndose, transfigurada en ese cristo plateado, que se perdía, que se ahogaba en esos momentos en un mar de flores, rosas rojas, tristes enigmáticas, tan útiles al conquistar a la mujer amada, a la amante, el diez de mayo, o simplemente por detalle, rosas que arrojaban a la ultima morada de la amiga, de la hermana, de la hija, ahí arrojadas al instante que lentamente descendía el ataúd, esa caja de madera, que no decía nada y que sin embargo hablaba de todo, remitía todo, hacia recordar todo.

Dios no podía existir, era un perfecto impostor, y en ese preciso instante lo dejaba tan claro, tan palpable, había rubricado su farsa en ese momento, todas las muertes en su nombre, todos los rezos en la iglesia, todas las veladoras llenas de esperanza, ahora eran inútiles, carecían de sentido. ÉL, el hijo del hombre, el que había resucitado al tercer día, el hijo del Dios omnipotente, omnipresente, que lo escucha todo, que esta en todo, en el silencio, en el viento que golpea con una ligera furia los árboles que ahora se hacían victimas de las gotas de lluvia, ese Dios que estaba en esa misma lluvia, que tal vez hasta había ordenado mandarla para hacer mas triste todo aquello que ya tenia suficiente tristeza, ahora ese Dios parecía haberse hecho de la vista gorda, ella estaba muerta, su cuerpo frió y pálido, su corazón sin bombear sangre, sus poros ya sin sudor, su boca sin saliva y esos labios que antes eran de un rojo lleno de vida, ahora resecos, amarillos, quebrados. Quebrados como la fe que ahora ya no era mas que una palabra que perdió todo significado.

El mundo completo se desmorono, se derrumbo, el Apocalipsis había llegado, el fin del mundo, todo lo peor que le puede pasar a un ser humano estaba ahí resumido en una sola palabra, en una descripción que tomaba forma personal, que tomaba el nombre de Mariana, y esa palabra “muerta” como dolía, como mataba, sin dolor, con hemorragia de sentimientos, sin muerte, como mataba en vida.

Doña Mariana, la madre de la occisa, triste, penosa, con el mundo sobre ella, con el universo aplastándola cerca del pecho, apretando como se aprieta al que se quiere asfixiar. Lloraba doña Mariana con esas lagrimas llenas de dolor, cruel dolor, tan joven la hija, tan llena de vida, veintiséis años y un mundo por delante, y todo un mundo que dejaba ya atrás, la doña, recordando, su hija, su niña, su bebé…
La lluvia maldita, maldita lluvia, asesina, cínica, irónica, burlona, se burlaba de la doña, la mojaba y parecía no respetar el paraguas, golpeándolo, venciéndolo, traspasándolo, gota a gota mojaba a la doña como ya lo habían hecho las lagrimas en su alma. Pobre mujer, hace diez años don Raúl, el marido, ahora su hija, su linda hija.
lujan.

Graciela zapata





El viento soplaba de forma alegre sobre la superficie de la tierra y las aves se habrían paso por los cielos rojizos de la tarde tranquila. Graciela zapata remitía de forma cariñosa a su memoria el recuerdo de aquella noche en que arrojó sus pertenecías por la borda del imperium, en el fondo de una mar descansando estarían, a la vista de peces peregrinos que tal vez estarían haciendo visitas al lugar como santuario místico y lleno de majestuosidad, allá debajo de las aguas.

Las olas eternas, con su constancia natural, rompiendo las rocas que misericordiosas tomaban el sol en la costa, traían lo que el mar no necesita, lo que Poseidón desechaba, algunas veces marinos perdidos, algunas otras sirenas sin animo de seguir cantando, pero algunas otras arrojaba pertenencias, cosas que tenían ya dueño y con las cuales no podían y no debían de quedarse.

El escarabajo de cristal jamás se había visto tan hermoso como aquella tarde, esperando a ser recogido por alguien, a ser encontrado. Reposaba en la arena, titilando, como si fuese una estrella nocturna en busca de algún marinero.
Graciela zapata, pensaba, anhelaba, recordaba, había algo en la atmosfera, algo distinto, ese toque que no se sabe explicar, pero que sin embargo esta ahí, cuando las cosas suceden y no tienen por que tener explicación. Graciela sabía que algo estaba a punto de suceder.

Salió del castillo al saber que le hablaban y el tenue respiro de mujer se dejó escapar, agitada y emocionada a la vez, la mujer corría, como si toda esperanza en este mundo estuviese puesta en el siguiente paso que diese.
La esperaba en hermoso corcel blanco, con crines bien trenzadas, en el lomo una montura hecha con la piel de un venado de astas de oro, en la cual estaban marcadas a mano las letras G. Z., toda una artesanía realizada por los artistas del reino.
Montó esta como si mujer y caballo fuesen una sola pieza en el universo, y así de coordinados como noche y día, salieron a todo galope hacia la playa.

Pedazos de conchas marinas se arrojaban al paso del animal. Majestuosa criatura, como nunca se había visto sobre la superficie de la tierra, arrogante y estoica quebraba el viento como ramas de árbol y el crujir de tal hazaña se escuchaba hasta china, molestando traviesamente los oídos del emperador.
Las gaviotas trataban de alcanzar en su humilde vuelo a la mujer, pero les era difícil mantener el ritmo, e inteligentemente se turnaban para seguir volando, como estafetas pasaban pecados que traían en sus picos, de forma maestra las lanzaban al aire para que sus colegas las tomaran como en acto circense sin dejar caer ninguno de nuevo al mar.

Y desde una montaña cercana un par de niños miraban através de sus lentes tal espectáculo, incrédulos y a la vez tan acostumbrados, pues Graciela tenía la costumbre de salir a montar a todo galope sobre Prometeo cada vez que algún capricho asechaba su mente.

Pero en esta ocasión no era un capricho lo que motivaba a Graciela a hacer lo que hacia, eran los recuerdos, y los recuerdos son extraños, misteriosos, tan privados.

La tarde, ya no era como las demás tardes sobre la tierra, ya no tenía el mismo color de los demás días, incluso si el sol hubiese sido multicolor, esa tarde habría creado el propio matiz.

Ahí estaba, semienterrado en la arena, cubierto por minúsculos granos de sal, contemplando el cielo de un sol ya muriendo, el escarabajo parecía sonreírle a su dueña, como los niños les sonríen a sus padres, con la complacencia que da el pertenecer.

Al estar en sus manos su vida cambió y la incertidumbre de los días vividos había terminado, las cosas tomaban otro sentido.

dedicado a los niños que no pretenden.

lujan.

Odio a los humanos

Odio a los humanos.

Me di cuenta de algo y no es la primera vez que lo veo así (Son las seis de la tarde de un día cualquiera, de uno mas en el camino que no lleva a ningún sitio), Me di cuenta que odio a las personas, a los seres que andan por ahí pretendiendo ser, destruyendo, mintiendo, acosando, robando, violando, intimidando, maltratando, escupiendo, rezando, orando, hablando de Dios. Los odio, me dan asco, repugnancia, cuando los escucho hablar una especie de vértigo alevoso se apodera de mi, haciendo que mire cosas que no quiero ver, me hace decir cosas que no conjugan las palabras, e incluso brotan de mi boca palabras que nunca había escuchado, que ni siquiera comprendo y que no se si después de muerto comprenderé.

Veo al que barre en la calle, con su joroba, con el peso de los años en la espalda, ¿con quien quejarse?, ¿en contra de quien quisiera él arremeter?, ¿sus padres?, ¿el gobierno por no darle una oportunidad de mejor empleo?, ¿la sociedad?, ¿la religión por hacerle creer que el sacrificio es la única opción? Creo que todos, y sin embargo no los odia, no lo ve, lo tienen ciego, lo entretienen, nunca a leído un libro, carece el hombre de ideología, cree tener una religión, se entretiene con las telenovelas en la noche y quisiera hacerle el amor a cualquiera de las chavitas que pasan por donde el trabaja, pero ni eso puede el pobre infeliz, solo son utopías, sueños, fantasías. Quisiera matarlo, ¿Quién lo notaria? Nadie, no creo que a ese despojo lo este esperando un amor romántico, con esa fuerza, o al menos no creo que él esté esperando que llegue la noche para leerle algún poema de chumacero a su miserable mujer, no lo creo, pero tampoco creo que merezca morir este día.

Sigo andando por las calles que nunca olvidaré, al menos eso le digo a mi mente, para que se lo crea, para que se tranquilice.

“Un café americano” dice la niña, y es niña lo se, por que detrás del maquillaje abrumador se esconde aun una puberta, con su olor aun a seno materno, con sus dientes de leche que no se le han caído aun para que broten los nuevos, la niña recurre a papi aun para que le de permiso de salir a esta maraña de contrariedades que llamamos ciudad “voy con mis amigas” “solo un rato” “andale” “traigo el cel”, el ruego rutinario y la respuesta rutinaria del padre, “esta bien, pero no te tardes”. Ya se cree grande ya quiere experimentar, mariguana y tequila ayudan, ¿catorce?, ¿quince?, no se cuantos años tenga, el maquillaje suele engañar, pero el olor no. Perfectamente combinada esta la pequeña dama, de amarillo con verde, bolsa de mano, zapatos, jeans, blusa de Sarah Bustani color verde, aretes baratos que dan el gataso y en el cerebro una libra de conocimiento, perfecto.

La veo pero no es ella a la que busco, no merece morir tan pronto, es mujer, y tiene que vivir hasta donde la especie pretenda. Son las seis cuarenta y siete de la misma tarde y quiero explotar, miró a todas partes y comienzo a odiar mas, quisiera ser el dueño del planeta o de la ciudad para poder destruir a todos sus habitantes, por un segundo solo quedo yo, solo mirando al cielo, pidiendo algo, buscando algo, las nubes no contestan, pero si me dan su consentimiento para seguir. El sol ha muerto me dice el rojo carmesí del atardecer, alguien lo asesinó y dejó derramar su sangre por todo el azul.
Juega en el parque frente a mi, sin saber nada mas, sin importarle nada mas, si la guerra contra el narcotráfico, si el sida y las muertes que arrastra, si el gobierno no es capas de gobernar, que si el estado de derecho es solo un par de palabras mal conjugadas, que si la casa donde vive es de Infonavit y la constructora la dejó mal terminada, que importa si juega y se esta divirtiendo. El viento lo mira y lo toca, el ojo humano pretende que sea alguien, la sociedad lo espera frotándose las manos para convertirlo, para cazarlo, para que dejé sus anhelos en la basura y se convierta en un decente consumidor frente a la televisión. “no te preocupes le dicen en la escuela” “te dejaremos un mundo mejor” “el mañana son ustedes”. ¿Cual mañana me pregunto? Si ni siquiera hay “hoy”, hemos muerto como especie, a los animales (como si no fuéramos nosotros también animales) deberíamos dejarles el mundo, y es por eso que hoy me voy a deshacer de un humano, para cooperar con mi planeta, para librarlo de un minúsculo dolor de cabeza.
Siete de la tarde con dos minutos, el tren se deja ver por el horizonte, la tierra tiembla y la noche se presenta, el viento es frío y lo que antes fue un pequeño ruido ahora es un zumbido en los oídos, alguien estará feliz mañana, alguien llorara. La libertad absoluta, un humano menos para odiar, me arrojo.