El viento soplaba de forma alegre sobre la superficie de la tierra y las aves se habrían paso por los cielos rojizos de la tarde tranquila. Graciela zapata remitía de forma cariñosa a su memoria el recuerdo de aquella noche en que arrojó sus pertenecías por la borda del imperium, en el fondo de una mar descansando estarían, a la vista de peces peregrinos que tal vez estarían haciendo visitas al lugar como santuario místico y lleno de majestuosidad, allá debajo de las aguas.
Las olas eternas, con su constancia natural, rompiendo las rocas que misericordiosas tomaban el sol en la costa, traían lo que el mar no necesita, lo que Poseidón desechaba, algunas veces marinos perdidos, algunas otras sirenas sin animo de seguir cantando, pero algunas otras arrojaba pertenencias, cosas que tenían ya dueño y con las cuales no podían y no debían de quedarse.
El escarabajo de cristal jamás se había visto tan hermoso como aquella tarde, esperando a ser recogido por alguien, a ser encontrado. Reposaba en la arena, titilando, como si fuese una estrella nocturna en busca de algún marinero.
Graciela zapata, pensaba, anhelaba, recordaba, había algo en la atmosfera, algo distinto, ese toque que no se sabe explicar, pero que sin embargo esta ahí, cuando las cosas suceden y no tienen por que tener explicación. Graciela sabía que algo estaba a punto de suceder.
Salió del castillo al saber que le hablaban y el tenue respiro de mujer se dejó escapar, agitada y emocionada a la vez, la mujer corría, como si toda esperanza en este mundo estuviese puesta en el siguiente paso que diese.
La esperaba en hermoso corcel blanco, con crines bien trenzadas, en el lomo una montura hecha con la piel de un venado de astas de oro, en la cual estaban marcadas a mano las letras G. Z., toda una artesanía realizada por los artistas del reino.
Montó esta como si mujer y caballo fuesen una sola pieza en el universo, y así de coordinados como noche y día, salieron a todo galope hacia la playa.
Pedazos de conchas marinas se arrojaban al paso del animal. Majestuosa criatura, como nunca se había visto sobre la superficie de la tierra, arrogante y estoica quebraba el viento como ramas de árbol y el crujir de tal hazaña se escuchaba hasta china, molestando traviesamente los oídos del emperador.
Las gaviotas trataban de alcanzar en su humilde vuelo a la mujer, pero les era difícil mantener el ritmo, e inteligentemente se turnaban para seguir volando, como estafetas pasaban pecados que traían en sus picos, de forma maestra las lanzaban al aire para que sus colegas las tomaran como en acto circense sin dejar caer ninguno de nuevo al mar.
Y desde una montaña cercana un par de niños miraban através de sus lentes tal espectáculo, incrédulos y a la vez tan acostumbrados, pues Graciela tenía la costumbre de salir a montar a todo galope sobre Prometeo cada vez que algún capricho asechaba su mente.
Pero en esta ocasión no era un capricho lo que motivaba a Graciela a hacer lo que hacia, eran los recuerdos, y los recuerdos son extraños, misteriosos, tan privados.
La tarde, ya no era como las demás tardes sobre la tierra, ya no tenía el mismo color de los demás días, incluso si el sol hubiese sido multicolor, esa tarde habría creado el propio matiz.
Ahí estaba, semienterrado en la arena, cubierto por minúsculos granos de sal, contemplando el cielo de un sol ya muriendo, el escarabajo parecía sonreírle a su dueña, como los niños les sonríen a sus padres, con la complacencia que da el pertenecer.
Al estar en sus manos su vida cambió y la incertidumbre de los días vividos había terminado, las cosas tomaban otro sentido.
dedicado a los niños que no pretenden.
lujan.
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