domingo, 24 de agosto de 2008

minuto cero





Minuto cero.



Frió, solitario, simple, de forma rectangular, con muchos significados, despertando muchas reacciones, ideas preconcebidas, provocador de temores tan humanos, de sentimientos tan culpables, de reflexiones baratas. Frió, oscuro, un ataúd, una vida que se fue, una muerte, un cadáver cubriéndose con él de todo en este mundo rápido, del caos, del miedo, del trafico, cubriéndose ya para nada.

Personas sollozando, gritando, aturdidas otras callaban, y otras mas en voz baja hablaban bien de ella, ---era una gran persona---decían algunos---la queríamos tanto---otros---era el amor de mi vida---pensó él.

En estas ocasiones siempre las nubes parecen ponerse maliciosamente de acuerdo, y una lluvia descendió diáfana por el aire, la primera de las gotas se dejó caer desde el cielo como bomba sobre ciudad enemiga, lenta, alevosa, con todo ese animo de herir, de lastimar, de rematar al enemigo. Reventó sobre el negro cajón, a un lado de la cruz plateada, casi destrozando la corona metálica que portaba tristemente el cristo pegado a la cruz, esté mirando de costado parecía mirarlo a él, como si fuese que por medio de este Jesús helado, ella le regalara su ultima mirada, despidiéndose, transfigurada en ese cristo plateado, que se perdía, que se ahogaba en esos momentos en un mar de flores, rosas rojas, tristes enigmáticas, tan útiles al conquistar a la mujer amada, a la amante, el diez de mayo, o simplemente por detalle, rosas que arrojaban a la ultima morada de la amiga, de la hermana, de la hija, ahí arrojadas al instante que lentamente descendía el ataúd, esa caja de madera, que no decía nada y que sin embargo hablaba de todo, remitía todo, hacia recordar todo.

Dios no podía existir, era un perfecto impostor, y en ese preciso instante lo dejaba tan claro, tan palpable, había rubricado su farsa en ese momento, todas las muertes en su nombre, todos los rezos en la iglesia, todas las veladoras llenas de esperanza, ahora eran inútiles, carecían de sentido. ÉL, el hijo del hombre, el que había resucitado al tercer día, el hijo del Dios omnipotente, omnipresente, que lo escucha todo, que esta en todo, en el silencio, en el viento que golpea con una ligera furia los árboles que ahora se hacían victimas de las gotas de lluvia, ese Dios que estaba en esa misma lluvia, que tal vez hasta había ordenado mandarla para hacer mas triste todo aquello que ya tenia suficiente tristeza, ahora ese Dios parecía haberse hecho de la vista gorda, ella estaba muerta, su cuerpo frió y pálido, su corazón sin bombear sangre, sus poros ya sin sudor, su boca sin saliva y esos labios que antes eran de un rojo lleno de vida, ahora resecos, amarillos, quebrados. Quebrados como la fe que ahora ya no era mas que una palabra que perdió todo significado.

El mundo completo se desmorono, se derrumbo, el Apocalipsis había llegado, el fin del mundo, todo lo peor que le puede pasar a un ser humano estaba ahí resumido en una sola palabra, en una descripción que tomaba forma personal, que tomaba el nombre de Mariana, y esa palabra “muerta” como dolía, como mataba, sin dolor, con hemorragia de sentimientos, sin muerte, como mataba en vida.

Doña Mariana, la madre de la occisa, triste, penosa, con el mundo sobre ella, con el universo aplastándola cerca del pecho, apretando como se aprieta al que se quiere asfixiar. Lloraba doña Mariana con esas lagrimas llenas de dolor, cruel dolor, tan joven la hija, tan llena de vida, veintiséis años y un mundo por delante, y todo un mundo que dejaba ya atrás, la doña, recordando, su hija, su niña, su bebé…
La lluvia maldita, maldita lluvia, asesina, cínica, irónica, burlona, se burlaba de la doña, la mojaba y parecía no respetar el paraguas, golpeándolo, venciéndolo, traspasándolo, gota a gota mojaba a la doña como ya lo habían hecho las lagrimas en su alma. Pobre mujer, hace diez años don Raúl, el marido, ahora su hija, su linda hija.
lujan.

No hay comentarios: