domingo, 26 de octubre de 2008

Maniquíes.


Sostengo el retrato de la boda con mis manos obsoletas, temblorosas, inciertas, imprecisas. Quisiera sumergirme en el, recorrerlo, regresar el tiempo, transmutarme en la misma mujer del vestido blanco, para decirle que era un engaño lo que ella creía fervientemente en aquel instante. Ricardo sonreía, y yo perpetuaba con la sonrisa de siempre el momento, con esa que desde niña jamás me dejaba conforme en las fotografías, con la cara de otra que no era yo. Aun ahora que la veo me da algo de pena, me sonroja y me invita a voltear el portarretrato.
Anoche Ricardo llegó de nuevo con esa cara que ya se le esta haciendo de costumbre, con las cejas como a punto de besarse, y con la mirada distraída en cualquier cosa menos yo, lo veo como cansado, aburrido. Algo le pasa lo se, pero no me dice nada, y cada que le pregunto me contesta con el desden de siempre--- ¿pues que quieres que me pase Estela? Ando cansado.---lo mismo de siempre, y no quiero parecer como esas mujeres que siempre se quejan, que siempre pretenden inmiscuir en el comportamiento raro de sus maridos alguna otra mujer, no, lo mío es distinto, pues ya van muchas noches que se va a trabajar (según él) al sótano y llega a la recamara para tirarse a la cama como a las dos o las tres de la mañana--- ¿Qué tanto haces ahí abajo?---le preguntó, y con el desden que le es característico contesta---cosas que tengo pendientes mujer, ya deja de preguntar--- de por si la comunicación entre él y yo nunca ha sido muy buena. Cuando nos conocimos y nos hicimos novios, acostumbrábamos ir al cine, y durante la función nunca nos hablábamos, lo único que preguntaba era si yo quería algo (con esa modesta caballerosidad que el novio destila por esos días). Cenábamos y solo entrecruzábamos alguno que otro comentario sin importancia, después de ahí, me dejaba en casa, o antes nos íbamos por ahí en busca de algún lugar oscuro para entregarnos en frías caricias que solo traducían en tímidos gemidos llenos de monotonía clandestina. Cuando fue a pedir mi mano la cosa fue diferente, con mis padre se comportó muy ameno, platicaba y decía cosas que en su momento me sorprendieron, me hipnotizaron como a los niños los buenos cuentos, hablaba de planes profesionales a futuro, de cómo los dos juntos uno al otro haríamos un hogar prospero, donde nuestros hijos crecerían con la fortuna de tener una familia prospera y acomodada. La verborrea aquella sin duda terminó por convencer a mis padres, mas a mi padre, cuyo carácter de comerciante anhelaba casar a su hija con un “buen prospecto”. A mi también me convenció, pues después del compromiso se volvió un poco mas atento, llevaba flores a mi casa, a mi madre le compraba cosas costosas, a mi padre lo invitaba a comer con sus amigos empresarios (clientes potenciales para la farmacéutica de mi padre), quería terminar de convencernos a todos que el era el mejor partido.

Bajé al sótano cuando no estaba, pase por el húmedo pasillo de escaleras y prendí la luz jalando del cordón que colgaba aun lado del foco, me detuve, por que la humedad comenzaba hacerme estragos en la nariz, comencé a estornudar como idiota sin poder controlarlo. Topé sorpresivamente con un grupo de maniquíes que yo nunca había visto ahí. Ese sótano era toda una incógnita, pues desde que nos casamos, Ricardo me prohibió entrar. Los maniquíes parecían respirar, parecían tener vida, y un olor a polvo se desprendía por el aire, pedazos de algo parecido a uñas se esparcían por el suelo y el cabello colgado de cuerdas por todo el lugar comenzaba a darme escalofríos en la piel, aquel espectáculo tenebroso que empezaba yo a dilucidar no me lo esperaba, y menos en mi propia casa, debajo de donde yo había vivido todos esos meses. Una pequeña figura al fondo del cuarto parecía moverse, me acerqué con todo el miedo del mundo, y con un palo de escoba comencé a tocarlo. Un gemido atroz se soltó por el polvoriento aire, dejando mis nervios tocados y sin poder responder adecuadamente. Después de dejar aun lado mi pánico, comencé a desenvolver aquel bulto, con el cuidado que un cirujano tiene al intervenir. El bulto se retorcía con mágica tosquedad, y de este la cara de un niño pequeño se dejó ver más allá de las vendas y cintas, mi sorpresa fue mayor que mi miedo, de pronto estaba yo ahí, en el sótano de mi casa ayudando aun niño desconocido. ¿Pero como? ¿Cuando pasó? ¿Cómo fue posible que yo no me diera cuenta?...

El niño rogaba por agua, pedía que le llevara con sus padres…el pelo colgado, los maniquíes y el olor…ahora lo entendía…los viajes a indonesia…la pornografía que encontré en su computadora esa noche…sus tontas explicaciones, los nervios…

…estaba su computadora sola, y yo pretendía buscar en Google algunas cosas de costura francesa para la reunión semanal de damas del rotario. Abrí sin más intención que la motivada por la curiosidad sus documentos, había títulos de cosas del negocio, que no entendía, que no me llamaron la atención, hasta que llegué a una carpeta de fotos. La abrí pretendiendo encontrar fotos nuestras, como deseando románticamente encontrarme con un pedazo de ternura por parte de él, pero no, el destino era cruel, y peor lo que vi en esas imágenes de niños con miradas perdidas, de niños que parecían borrachos y medio dormidos, de niños desnudos en poses forzadas, carentes de toda conciencia humana, del mas malsano y depravado humanismo. Cuando le pregunté al respecto se disculpó con un: ya sabes como son mis amigos en el trabajo, me hicieron una broma de muy mal gusto, y se me olvido borrarlas. ¡Además tú que andas viendo mis cosas!---preferí dejarlo en paz, pues había volteado la situación en mi contra…

Solté al niño de sus amarras, pero cuando pretendimos subir juntos las escaleras…
Ricardo estaba parado mirando con furia, con esa mirada de bestia que no pretendía esconder, que ya no más fingiría, el niño grito de miedo, se escondió detrás de mí, el niño lloraba, yo lloraba…Ricardo era el mismo, pero mas controlado, sin mascara, ahora si destellaba en su rostro su verdadero yo, era un remolino huracanado que ya no podía yo controlar, el final…el cuchillo, el pequeño, me tiro a un lado, el niño se hundió en un penoso estertor…le rogué que no me matara, le rogué…sus ojos de muerto…su boca insultando…su mano…el cuchillo con sangre…mi pecho…el dolor…el cuchillo…el cuchi…

lunes, 20 de octubre de 2008

El sueño de Zion.


Tiempo después de haberse cumplido los primeros cien años del descubrimiento de la cura del VIH, la humanidad estaba al borde de sufrir otra epidemia de consecuencias catastróficas. El despertador proyector marcaba 9:30 A.m. y el doctor Yoseph Yaakov despertaba en medio del barullo en la calle, salió de su habitación a ver que pasaba, solo vestido con una bata y pantuflas el hombre decidió mirar mas allá del patio del hotel, era su segundo día en Kingston, y la capital de jamaica se encontraba en medio de una lucha sindical, en el cual todos los gremios se habían unido en pos de una equidad salarial en el país. “streggae” “streggae” “streggae” le gritaba la turba organizada al presidente Leroy Clayton, culpable este según ellos de haberse prostituido ante los empresarios de capital extranjero, de esta forma reduciendo los salarios de los trabajadores de pequeñas empresas que no eran capaces de competir con las grandes transnacionales. El doctor yaakov había sido contratado meses atrás para dar seguimiento al virus experimental que él había desarrollado en los laboratorios de la farmacéutica para la cual trabajaba él en Jerusalén, y que por ende algunos colegas suyos habían puesto en fase inicial cuatro mese antes sobre la población obrera de la capital de Kingston. El problema es que no habían previsto que se desarrollaría de forma tan rápida, los motivos políticos solo ponían como objetivo principal al líder sindical Osmond Kerryann, cuya influencia política en el país caribeño era un problema para los inversionistas extranjeros que controlaban a Clayton y a sus partidarios.

Yaakov salió corriendo hacia su habitación mientras una turba enardecida entraba al hotel por el patio hacia los cuartos, donde los que se hospedaban en su mayoría eran turistas o trabajadores de empresas extranjeras. Yaakov cerró con llave y se vistió de inmediato, escuchaba los ruidos y gritos que através de las paredes se escurrían de manera tenebrosa, los nervios comenzaron a consumirle, los disparos, el miedo, los gritos de distintas lenguas que pedían clemencia. Como los chillidos de los cerdos.

…estaba el corral preparado, lo cerdos aun estaba comiendo los desperdicios que él les había traído de la casa de su suegra, Yisroel el joven estudiante de neurología y ayudante del doctor Yaacov preparaba todo para el experimento, los cerdos tranquilos tragaban, no presentaban aun ningún grado de agresividad, al contrario, los dóciles animales se limitaban a consumir en un estado de quietud absoluta. El doctor dio la señal a su joven aprendiz, este con paciente laborar comenzó a inyectar a los cerdos con la sustancia aquella, los porcinos continuaron comportandose igual, intranquilizando esto al doctor, pues los patrocinadores del proyecto estaban desde semanas atrás presionándolo para que todo saliera lo mas rápido posible. En desanimo total el doctor decidió irse a su casa en ese momento, ya se quitaba la bata y los guantes cuando de pronto: vio como los cerdos comenzaron lastimosamente a chillar, alocados comenzaron a correr por doquier, el corral aquel les parecía insuficiente para desbocarse. Yisroel se puso nervioso y comenzó a sudar, los cerdos chillaban, el doctor dispuso a ver la escena através del cristal.

Lentamente los regordetes animales comenzaron agredirse, acababan de comer, no entendía el por que de la agresión el doctor, se suponía que no tenían hambre. El nuevo virus atacaba el sistema nervioso de las criaturas, provocando que su ansiedad fuera cada vez más alta, hasta el punto en que unos a otros comenzaron a querer comerse, como no tenían a donde ir, esta fue la reacción en estos. Crueles chillidos de agonía se escuchaban por todo el laboratorio, la escena aquella era de magnitudes de crueldad inimaginable, Yisroel vomitaba y temblaba de nervios, estaba tocado por las imágenes el joven neurólogo, y el doctor en un acto de misericordia decidió acabar con la agonía de los animales, así que con choques eléctricos en el corazón les dio muerte… Así nacía el temible virus que mas tarde sería conocido como “sueño de Zion”, la raza humana estaba ya sentenciada.

Yaacov pedía clemencia al desenfrenado hombre que le apuntaba con la pistola en la cabeza, le rogaba por su vida, pero este no entendía sus palabras, y de haberlo hecho tal vez hubiese hecho caso omiso. El virus alteró a los seres humanos de manera en que sus decisiones no eran ya controladas por su conciente y como seres que sonámbulos andaban haciendo lo que su sistema nervioso alterado les indicaba, todo libre albedrío se había perdido en ellos, así que por mas que el doctor Yoseph les rogara clemencia a sus verdugos, estos no harían caso . Los cerdos chillaban y el recuerdo en la mente del doctor, los cerdos comiéndose entre ellos, devorándose, carentes de toda voluntad, de toda compasión, seres con fuego en los ojos, cuya única gracia radicaba en la voluntad al jalar el gatillo. Uno, dos, tres, cuatro disparos en la cabeza y los cerdos seguían chillando.

Cuando las naciones que apoyaban al movimiento de Osmond Kerryann ayudaron a este a salir a su exilio, jamás imaginaron que con bondadoso movimiento de colaboración política marcarían el futuro de la especie humana. Kerryann voló hacia el bloque europeo, causando de manera inmediata la epidemia que más se esparciría por el mundo, la cual culminó con tres cuartos de la población total del planeta.

Mujer y Hombre.



Yo veía que sus caderas tambaleaban como lunar en el espacio, y en verdad, no les miento, era la bestia femenina más bella que yo había visto en mi mediocre vida. El atardecer conspiraba a mis espaldas para convertirse en noche, y las primeras farolas del pueblo aquel nacían por dentro en amarillenta luz, la cual tímidamente iluminaba el rostro de las personas ahí convocadas. El contacto de mis palabras con mis labios se había marchitado y limitado, carecido de una cualidad como esa me llenó de rabia frustrante, la cual desembocó en una ira llena de sana locura. La vi venir con los pies vestidos y la vista desafiante, con las piernas seduciendo al primitivo hombre mono que vive en mi interior, con la razón concentrada en ella y el deseo obstinado en salir, escapar, y así, como pez boqueando me tenia, sin estallar silaba alguna, solo limitado al contemplar de la mal nutrida existencia mía.

Con sus manos tocó las mías, y las mías ya le pertenecían a su cuerpo desde antes, la piel suave como aroma rozaba como viento a las nubes, conduciendo, llevando, transportando. Recuerdo el collar de plata que traía puesto, caía desde su cuello suavemente entre los pechos grandes, firmes y blancos, pechos que se inflaban tímidamente con su respirar, pechos que miraba y me hacían suspirar. Fui inmediatamente la victima de un huracán en mi interior, que deseaba deshacer todo a su alrededor, que deseaba salir por la ventana para convertirse en deseo.

Levantó la vista, y de sus ojos oscuros brotó la paz que necesitaba el mundo, la historia detuvo en ese instante el reloj que la conducía a una repetición destinada, los seres de todos los sitios comprendieron en la fracción del segundo el origen del universo. Era yo lo que llaman una luna llena, desbordando luz que en otro cuerpo tiene su origen, y los ojos miraban, como estrellas en la noche, como dos luces en la oscuridad cuando se acerca un coche, miraban, inmutados comprendían mucho y de ese mucho renací yo. Era mi segundo primer día en la tierra, era distinto al primero, este olía a viento marino, a sal, a clorofila, a vainilla; los olores mezclados hacían otro, distinto, nuevo, único, original, a ella.

Como las palmeras en verano, su cabello se movía al capricho del viento, conducido alevosamente por este buscaba un lugar para resistirse, pero ni su cara, ni mi boca, ni sus manos, mucho menos las mías pudieron darle lugar para que retomara su tranquilidad. Por fin la conspiración había rendido sus frutos, la noche era ya dueña del momento, los hombres y mujeres que servían de escenografía en el lugar comenzaron en una danza extraña a dispersarse por doquier. Eran ya de la noche las farolas, y en su estado juvenil alumbraban con la mayor intensidad la dispersión aquella, en los rostros de madera no se veía expresión alguna, en cambio en el rostro de ella se veía todo, el pasado, presente, futuro. Como esfera de cristal me enseñaba el porvenir, no le creía, pero ella me iba convenciendo poco a poco con sus labios, con su saliva, con su lengua. Era el lugar, éramos los dos, y me hablaba al oído con los pies en puntillas, me decía sobre el fin del mundo, sobre la verdad y la mentira, sobre las partículas de vida que ahora nos tenían disfrutando de la existencia, hablaba de presagios que no se cumplirían, lo explicaba todo en alegorías hermosas, tan hermosas como las gotas sobre su piel humana. De pronto ese espíritu combativo desembocó en deseo, y la ventana por fin cedió, dejando escapar la furia del huracán que estaba desesperado en mi interior, tornando los colores en fragmentos de luz diáfana que no podían ser ordenados por mi cerebro abandonado.

Mi cuerpo estaba en el sitio, ella en él, pero mi mente en otro lugar, eran miles de años caminado para llegar aquí, era justo e irremediable, era eterno y limitado. La anarquía de nuestras manos conducía a donde fuera con tal de no perdernos ninguna parte de nosotros, con tal de aprovecharlo todo, aunque ese todo era lo menos.
Serpenteamos como seres de la tierra, entre plantas y gusanos, regresamos al lugar de nuestros antepasados, con las raíces como manos, sembrándonos en la piel. Era justo ahí, en el borde del existir, donde el hombre se vuelve algo y la mujer el principio.

sábado, 18 de octubre de 2008

Invasor.

La historia de Milton Gonzáles no es de soledad, es más bien de desapego. La nave había amartizado un 23 de julio del 2034, él era el primer hombre en pisar la superficie de Marte y por lo consiguiente las esperanza de muchos científicos y de la mayoría de los humanos estaban puestas en él, eran las 2:35 cuando la nave abrió la escotilla, la imagen se difundía por el mundo entero, esto si que era el evento mas esperado de la primera mitad del siglo XXI, dicen que ese día el sitio oficial que habían abierto los patrocinadores del viaje por Internet, rompió todo los esquemas de audiencia, provocando ganancia que duplicaron el costo del viaje, haciendo de este todo un éxito financiero. Gonzáles descendió, pero en esta ocasión el hombre no dijo palabras de contexto mítico como las que había dicho el ya celebre y legendario Armstrong al pisar suelo lunar, de pronto la cámara que lo había estado filmando lo perdió de toma, los científicos en la tierra comenzaron a ponerse nerviosos, la gente ordinaria no sabia que pasaba y algunos comunicadores ignorantes de la situación trataban de dar excusas tontas a los espectadores, de pronto Gonzáles fue captado al fondo de la toma, cerca de un barranco marciano, lo ultimo que se vio fue que arrojó algo que hizo perder la señal, según los científicos y el instituto era una falla técnica, horas después el mundo despertó con la noticia de que Gonzáles había fallecido a causa un accidente provocado por un corto circuito en el tanque de reserva. Así pasaría a la historia terrestre el celebre astronauta Milton Gonzáles cross.

En cierta forma Milton si había muerto en Marte, claro esta, si morir es dejar de existir para los demás. Milton tenia inquietudes distintas desde pequeño, cuando su papá lo llevó a México por vez primera a conocer a los abuelos de este, se dio cuenta que la vida en el campo como la que llevaban sus familiares paternos le atraía más, un cierto regreso a los orígenes estallaba en su interior, pero México no era la respuesta para pasar el resto de su vida, así que cuando en la academia le dijeron que el estaría entre los cinco candidatos para ver quien seria el primer hombre en suelo marciano no lo pensó dos veces, él había estudiado lo suficiente sobre aquel planeta, sabia junto con otros científicos, entre ellos el celebre Arnold Vic quien había sido su maestro y mentor que en Marte había en primer lugar cantidades suficientes de oxigeno para mantener la vida como en la atmosfera terrestre, y que en un lugar que ellos llamaban el oasis marciano se encontraban grandes cantidades de vida vegetal, este lugar era desconocido por la mayoría de los estudiosos del tema en la tierra, de echo solo tres lo sabían, Milton, Vic, y el astrónomo Robert Mits. No es de extrañarse que dos días antes del viaje el señor Mits muriera misteriosamente en su casa de campo, Milton lo había hecho, pues sabia que este al enterarse de su desaparición les diría a los científicos en que parte de Marte podría estar, fue macabro, pero era justo lo que menos necesitaban, su ubicación.
El doctor Vic había muerto un año antes, así que este no hablaría, aunque Milton hubiese sido incapaz de hacerle daño de haber continuado este con vida. Llegó Milton a un lugar virgen, donde las plantas eran de un verde diamante atravesado por la luz, un lugar donde corrían dos ríos de aguas azules como el fondo del mar terrestre, donde flotaban algas del tamaño de hombres, lo que hacia parecer como si estas en cualquier momento se fueran a levantar, la sonrisa en la cara del hombre lo decía todo, el alma satisfecha se desbordaba por los ojos humanos del ser.

Era un hombre abandonado por Dios, por el mundo material, por las pretensiones y los convencionalismos, era un hombre nuevo. Se parecía a los campos que vio en su infancia, claro, hermosos por si solos, con esa paz que solo daba el silencio y el ligero ruido que hacen las moléculas al correr por el universo. Milton ahora era un ser unilateral, el cual había brotado de su dualidad de hombre terrestre, la bestia aquella que dormía en él se había fusionado con el ser razonable que pretendía ser desde que nació, por fin el tercer hombre había nacido, y su nuevo mundo estaba frente a él, tal vez no era tan libre si pensamos que estaba limitado por los lugares donde había alimento, pero que mas da si desde ahora era un hombre con un planeta tan solo para él, ¿esto no valía acaso ya tal limitante?, ¿acaso no hay hombres en la tierra que no salen de si mismos a lo largo de su vida?.

Había ocasiones durante noches marcianas en las que Milton se sentaba en un barranco al pie de una montaña para ver como el sol se ocultaba a lo lejos, mirando un punto luminoso que este reflejaba y que según él seria la tierra, no extrañaba, solo suspiraba y gozoso disfrutaba de la fortuna de la que ahora era parte, la galaxia, el universo, tan inmensos en si y llenos de lugares maravillosos pensaba, ¿por que vivir amontonados en un solo lugar cuado hay mas opciones?
Dicen que Milton murió un día por viejo, que su cuerpo quedó tirado entre dos grandes árboles frutales, donde las bacterias marcianas lo desintegraron y convirtieron en polvo parte del todo.

Hipócritas.


Las sirenas gimiendo como putas fingiendo orgasmos, en esa imagen que solo la ciudad regala a partir de la noche, los vi pasar, pues eran reconocibles, como tu, como yo. Y la televisión aun no mostraba a alguien parecido a ti, cambiaba de canales para rastrearte, pero nada, ni una pizca de éxito en mi afrenta, así que decidí salir a buscarte, entre el conglomerado de seres inconformes. Y yo, tan solo pensándote.
Así de idiota andaba, con el alma aferrada a tu imagen y la mente jugando al citadino, entre basura y desperdicios, entre perros callejeros exigiendo misericordia al sentido común, fumando sin saber fumar, consumiendo sin querer hacerlo.

Dos minutos me tomó para detenerme en medio de la calle, sobre una alcantarilla abierta para ver si por ahí andabas, pero nada, no contestaste, así que conté mis pasos y me alejé como llegué, desesperado pero mas tranquilo a la vez, pues ahora estaba seguro de que no te encontrabas en tan apestoso lugar, como imaginar tan vergonzosa posibilidad, y de nuevo tu imagen en la cabeza, esas cosas que siempre dices cuando digo algo de tu persona, eso me tranquilizaba, me ponía mejor.
En el umbral de la mercadotecnia mi proceder se perdía en ordinarios movimientos, luces de neon y letreros vanguardistas, cuyas imágenes me remitían a la ociosidad vacilante que aun deambula por mí ser. Y tu intrigada mirabas del otro lado de la ciudad, lo esperabas, mientras frente a tu confesor, el espejo, retocabas tu lindo rostro con la paciencia magistral que solo un profesional vive. Su nombre, su apellido, ambos deambulaban por tu ego, con la sonrisa culpable del que algo malo ha hecho, mirabas el reloj, te ponías nerviosa. Corriste al baño y te bajaste la tanga, tan pronto y sin darte cuenta estabas defecando, estabas sudando, el esfuerzo había hecho mella en ti y ahora tu cuerpo pujaba, y nada salía, y el reloj recorría, presionaba.
De pronto y en tan mal momento, pero muy mal momento, el celular sonó, era él y contestaste con la voz fingida, disimulando el esfuerzo, dejando salir la más suave tonada de tu tímpano hipócrita, un cólico traidor se presentaba en el instante menos indicado, el esfuerzo había tenido resultado, el olor era horrendo, la hediondez se adueñaba del baño y hasta la toalla, el papel y los sepillos de dientes quisieron salir de ahí, tu te ahogabas en ti misma, pero fingías, hablabas con él, lo entretenías, le decías traicioneramente que aun no estabas lista, él te lo creyó.

Me percaté de que la luz de tu departamento estaba encendida, así que decidí tomar el elevador al cuarto piso, estaba dispuesto a decirlo, aclararlo, a pedirte como buen cobarde una segunda oportunidad.
Seguías en el baño, algo morada y nauseabunda, con la mirada gacha, viendo lo que había salido de ti, aquel olor ameritaba un cerillo, el idiota seguía hablando, te dijo que esperaría abajo, en el coche, y que no te tardaras por que deseaba tanto verte que los minutos le serian horas sin ti. El muy imbecil hablaba de ti como si te conociese bien, él solo pensaba en tu lindo trasero y en como tocarlo, ese mismo que ahora estaba sentado en el lugar mas común, ese que ahora te tenia con la prisa pausada en la impaciencia. Hiciste lo que tenias qua hacer y saliste del baño, arrojaste media lata de aromatizante y ni así, la prisa te llamaba a los oídos, corriste, y saliste del departamento huyendo.



Subía yo mientras tú bajabas por el otro, no nos topamos, caminé por el pasillo con todas las ganas del mundo, con la furia del que se cree vencedor. Toqué el timbre pero jamás abriste, no estabas ya en casa. Pensando me dejé caer con la espalda pegada a la pared, en como otros tenían tanta suerte y en como en ese momento él disfrutaría de tu perfecta presencia femenina, estaba en eso, cuando un leve olor a caño despertó mi inconciente romantizado, decidí alejarme de ahí y buscarte después.

Subiste rápido a la Hummer, y él contento te miró de pies a cabeza, su trofeo estaba justo donde quería, ese cuerpo pequeño y sutil que destilaba delicadeza. Tan pronto como arrancó y el clima comenzó a trabajar, un olor fétido se dejó sentir en las fosas de ambos; que tonta, con las prisas y todo se te olvido limpiarte, ahora él te conocía algo mas y yo extrañaba tu olor.

sábado, 4 de octubre de 2008

La pareja

Con su voz de flor ordinaria se presentó ante todos los que estábamos en la mesa, de pronto y de la nada una curiosidad distinta a la que caracteriza mi razón me dejó llevar por instantes a seguir contemplando el comportamiento de aquella morena mujer. Vi en los ojos oscuros una tristeza inmensa, esa de la que solo un animal maltratado es poseedor, esa mirada gacha que la opresión inconciente no deja que se levante a interactuar con las demás miradas, vi que tenia las manos escondidas debajo del mantel, como niña ocultando algo. El misterio de esos labios delgados enmarcados por el horrendo bozo no decían ninguna palabra, esperaba que dijera algo más para aderezar la conversación de la mesa, pero nada, solo se limitaba a seguir con los ojos temerosos a los que ahí hablábamos.

Un coraje interno se hizo poseedor de mi paciencia, no podía creer que esa delgada y casi famélica mujer con cuerpo de niña estuviera frente de mí. En la cena todos éramos personas abiertas, o por lo menos pretendíamos serlo, pero ella, ella parecía asustada, nerviosa, temerosa de hacer algo de lo que pudiese arrepentirse, me pareció patética su cara de indígena y la sumisión en la frente, su manera tibia de comer y de beber de su vaso, como si nadie la estuviese observando, como si la pared tuviera mas presencia de la que ella pudiera tener. Esa carencia de protagonismo tenía su origen en la mirada inquisidora de otra persona, del marido que estaba a un lado de ella, el cual le abría la botella de refresco de manera paternal, que mas que ser acto de caballerosidad era el acto de alguien poseedor de todo control sobre el otro. Mi mirada y la de él se entrecruzaron varias veces en la noche, y esto al parecer le molestaba, hasta al grado en que pienso, que se llenó de celos absurdos, pues después de un rato no dejaba de abrazar a la diminuta mujer. Él la besaba, acercaba con sus manos negras la pequeña cabeza de su juguete femenino, la besaba con sus gruesos labios indígenas, ella se dejaba, pero su asco hacia él no se podía ocultar con ese tímido consentimiento, la infeliz llena de saliva de su marido solo se limitaba a ser un objeto de este.

Dos pasadores del tamaño de un pulgar cada uno recogían el cabello grasiento, y una raya en medio dividía a este con vulgar majestuosidad, mientras entrelazados los cabellos lacios se deslizaban lentamente hasta los hombros puntiagudos y huesudos del tronco esquelético. Su vestido rosa con una franja de tela color blanco en la cintura la hacia parecer quinceañera de pueblo, y esos zapatos color perla que al parecer le quedaban grandes, pues toda la noche se la paso descalzándoselos bajo la mesa, la hacían ver mas morena. Las dos piernas como popotes forrados por esas medias corrientes que al parecer le causaban picazón, pues de vez en cuando pasaba disimuladamente su mano hacia ellas para rascarse, a lo mejor y la muy infeliz nunca había usado unas.

El hombre miraba, desconfiado, violado en su intimidad, amenazado por mi mirada curiosa y criticona. Desafiante miraba a mis ojos, y yo la miraba a ella, su tristeza, su melancolía escondida detrás de ese vestido barato. La inocencia arrebatada de esa niña disfrazada en mujer me dejaba perplejo, la complejidad de las cosas que nunca entendí me dejaron pensando, si el ladrón era algo mas que la furia en los ojos del hombre y esposo, o era yo al atravesar mas allá de la línea de otros con mi pensamiento prejuicioso.