sábado, 18 de octubre de 2008

Hipócritas.


Las sirenas gimiendo como putas fingiendo orgasmos, en esa imagen que solo la ciudad regala a partir de la noche, los vi pasar, pues eran reconocibles, como tu, como yo. Y la televisión aun no mostraba a alguien parecido a ti, cambiaba de canales para rastrearte, pero nada, ni una pizca de éxito en mi afrenta, así que decidí salir a buscarte, entre el conglomerado de seres inconformes. Y yo, tan solo pensándote.
Así de idiota andaba, con el alma aferrada a tu imagen y la mente jugando al citadino, entre basura y desperdicios, entre perros callejeros exigiendo misericordia al sentido común, fumando sin saber fumar, consumiendo sin querer hacerlo.

Dos minutos me tomó para detenerme en medio de la calle, sobre una alcantarilla abierta para ver si por ahí andabas, pero nada, no contestaste, así que conté mis pasos y me alejé como llegué, desesperado pero mas tranquilo a la vez, pues ahora estaba seguro de que no te encontrabas en tan apestoso lugar, como imaginar tan vergonzosa posibilidad, y de nuevo tu imagen en la cabeza, esas cosas que siempre dices cuando digo algo de tu persona, eso me tranquilizaba, me ponía mejor.
En el umbral de la mercadotecnia mi proceder se perdía en ordinarios movimientos, luces de neon y letreros vanguardistas, cuyas imágenes me remitían a la ociosidad vacilante que aun deambula por mí ser. Y tu intrigada mirabas del otro lado de la ciudad, lo esperabas, mientras frente a tu confesor, el espejo, retocabas tu lindo rostro con la paciencia magistral que solo un profesional vive. Su nombre, su apellido, ambos deambulaban por tu ego, con la sonrisa culpable del que algo malo ha hecho, mirabas el reloj, te ponías nerviosa. Corriste al baño y te bajaste la tanga, tan pronto y sin darte cuenta estabas defecando, estabas sudando, el esfuerzo había hecho mella en ti y ahora tu cuerpo pujaba, y nada salía, y el reloj recorría, presionaba.
De pronto y en tan mal momento, pero muy mal momento, el celular sonó, era él y contestaste con la voz fingida, disimulando el esfuerzo, dejando salir la más suave tonada de tu tímpano hipócrita, un cólico traidor se presentaba en el instante menos indicado, el esfuerzo había tenido resultado, el olor era horrendo, la hediondez se adueñaba del baño y hasta la toalla, el papel y los sepillos de dientes quisieron salir de ahí, tu te ahogabas en ti misma, pero fingías, hablabas con él, lo entretenías, le decías traicioneramente que aun no estabas lista, él te lo creyó.

Me percaté de que la luz de tu departamento estaba encendida, así que decidí tomar el elevador al cuarto piso, estaba dispuesto a decirlo, aclararlo, a pedirte como buen cobarde una segunda oportunidad.
Seguías en el baño, algo morada y nauseabunda, con la mirada gacha, viendo lo que había salido de ti, aquel olor ameritaba un cerillo, el idiota seguía hablando, te dijo que esperaría abajo, en el coche, y que no te tardaras por que deseaba tanto verte que los minutos le serian horas sin ti. El muy imbecil hablaba de ti como si te conociese bien, él solo pensaba en tu lindo trasero y en como tocarlo, ese mismo que ahora estaba sentado en el lugar mas común, ese que ahora te tenia con la prisa pausada en la impaciencia. Hiciste lo que tenias qua hacer y saliste del baño, arrojaste media lata de aromatizante y ni así, la prisa te llamaba a los oídos, corriste, y saliste del departamento huyendo.



Subía yo mientras tú bajabas por el otro, no nos topamos, caminé por el pasillo con todas las ganas del mundo, con la furia del que se cree vencedor. Toqué el timbre pero jamás abriste, no estabas ya en casa. Pensando me dejé caer con la espalda pegada a la pared, en como otros tenían tanta suerte y en como en ese momento él disfrutaría de tu perfecta presencia femenina, estaba en eso, cuando un leve olor a caño despertó mi inconciente romantizado, decidí alejarme de ahí y buscarte después.

Subiste rápido a la Hummer, y él contento te miró de pies a cabeza, su trofeo estaba justo donde quería, ese cuerpo pequeño y sutil que destilaba delicadeza. Tan pronto como arrancó y el clima comenzó a trabajar, un olor fétido se dejó sentir en las fosas de ambos; que tonta, con las prisas y todo se te olvido limpiarte, ahora él te conocía algo mas y yo extrañaba tu olor.

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