Con su voz de flor ordinaria se presentó ante todos los que estábamos en la mesa, de pronto y de la nada una curiosidad distinta a la que caracteriza mi razón me dejó llevar por instantes a seguir contemplando el comportamiento de aquella morena mujer. Vi en los ojos oscuros una tristeza inmensa, esa de la que solo un animal maltratado es poseedor, esa mirada gacha que la opresión inconciente no deja que se levante a interactuar con las demás miradas, vi que tenia las manos escondidas debajo del mantel, como niña ocultando algo. El misterio de esos labios delgados enmarcados por el horrendo bozo no decían ninguna palabra, esperaba que dijera algo más para aderezar la conversación de la mesa, pero nada, solo se limitaba a seguir con los ojos temerosos a los que ahí hablábamos.
Un coraje interno se hizo poseedor de mi paciencia, no podía creer que esa delgada y casi famélica mujer con cuerpo de niña estuviera frente de mí. En la cena todos éramos personas abiertas, o por lo menos pretendíamos serlo, pero ella, ella parecía asustada, nerviosa, temerosa de hacer algo de lo que pudiese arrepentirse, me pareció patética su cara de indígena y la sumisión en la frente, su manera tibia de comer y de beber de su vaso, como si nadie la estuviese observando, como si la pared tuviera mas presencia de la que ella pudiera tener. Esa carencia de protagonismo tenía su origen en la mirada inquisidora de otra persona, del marido que estaba a un lado de ella, el cual le abría la botella de refresco de manera paternal, que mas que ser acto de caballerosidad era el acto de alguien poseedor de todo control sobre el otro. Mi mirada y la de él se entrecruzaron varias veces en la noche, y esto al parecer le molestaba, hasta al grado en que pienso, que se llenó de celos absurdos, pues después de un rato no dejaba de abrazar a la diminuta mujer. Él la besaba, acercaba con sus manos negras la pequeña cabeza de su juguete femenino, la besaba con sus gruesos labios indígenas, ella se dejaba, pero su asco hacia él no se podía ocultar con ese tímido consentimiento, la infeliz llena de saliva de su marido solo se limitaba a ser un objeto de este.
Dos pasadores del tamaño de un pulgar cada uno recogían el cabello grasiento, y una raya en medio dividía a este con vulgar majestuosidad, mientras entrelazados los cabellos lacios se deslizaban lentamente hasta los hombros puntiagudos y huesudos del tronco esquelético. Su vestido rosa con una franja de tela color blanco en la cintura la hacia parecer quinceañera de pueblo, y esos zapatos color perla que al parecer le quedaban grandes, pues toda la noche se la paso descalzándoselos bajo la mesa, la hacían ver mas morena. Las dos piernas como popotes forrados por esas medias corrientes que al parecer le causaban picazón, pues de vez en cuando pasaba disimuladamente su mano hacia ellas para rascarse, a lo mejor y la muy infeliz nunca había usado unas.
El hombre miraba, desconfiado, violado en su intimidad, amenazado por mi mirada curiosa y criticona. Desafiante miraba a mis ojos, y yo la miraba a ella, su tristeza, su melancolía escondida detrás de ese vestido barato. La inocencia arrebatada de esa niña disfrazada en mujer me dejaba perplejo, la complejidad de las cosas que nunca entendí me dejaron pensando, si el ladrón era algo mas que la furia en los ojos del hombre y esposo, o era yo al atravesar mas allá de la línea de otros con mi pensamiento prejuicioso.
Un coraje interno se hizo poseedor de mi paciencia, no podía creer que esa delgada y casi famélica mujer con cuerpo de niña estuviera frente de mí. En la cena todos éramos personas abiertas, o por lo menos pretendíamos serlo, pero ella, ella parecía asustada, nerviosa, temerosa de hacer algo de lo que pudiese arrepentirse, me pareció patética su cara de indígena y la sumisión en la frente, su manera tibia de comer y de beber de su vaso, como si nadie la estuviese observando, como si la pared tuviera mas presencia de la que ella pudiera tener. Esa carencia de protagonismo tenía su origen en la mirada inquisidora de otra persona, del marido que estaba a un lado de ella, el cual le abría la botella de refresco de manera paternal, que mas que ser acto de caballerosidad era el acto de alguien poseedor de todo control sobre el otro. Mi mirada y la de él se entrecruzaron varias veces en la noche, y esto al parecer le molestaba, hasta al grado en que pienso, que se llenó de celos absurdos, pues después de un rato no dejaba de abrazar a la diminuta mujer. Él la besaba, acercaba con sus manos negras la pequeña cabeza de su juguete femenino, la besaba con sus gruesos labios indígenas, ella se dejaba, pero su asco hacia él no se podía ocultar con ese tímido consentimiento, la infeliz llena de saliva de su marido solo se limitaba a ser un objeto de este.
Dos pasadores del tamaño de un pulgar cada uno recogían el cabello grasiento, y una raya en medio dividía a este con vulgar majestuosidad, mientras entrelazados los cabellos lacios se deslizaban lentamente hasta los hombros puntiagudos y huesudos del tronco esquelético. Su vestido rosa con una franja de tela color blanco en la cintura la hacia parecer quinceañera de pueblo, y esos zapatos color perla que al parecer le quedaban grandes, pues toda la noche se la paso descalzándoselos bajo la mesa, la hacían ver mas morena. Las dos piernas como popotes forrados por esas medias corrientes que al parecer le causaban picazón, pues de vez en cuando pasaba disimuladamente su mano hacia ellas para rascarse, a lo mejor y la muy infeliz nunca había usado unas.
El hombre miraba, desconfiado, violado en su intimidad, amenazado por mi mirada curiosa y criticona. Desafiante miraba a mis ojos, y yo la miraba a ella, su tristeza, su melancolía escondida detrás de ese vestido barato. La inocencia arrebatada de esa niña disfrazada en mujer me dejaba perplejo, la complejidad de las cosas que nunca entendí me dejaron pensando, si el ladrón era algo mas que la furia en los ojos del hombre y esposo, o era yo al atravesar mas allá de la línea de otros con mi pensamiento prejuicioso.
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