Sostengo el retrato de la boda con mis manos obsoletas, temblorosas, inciertas, imprecisas. Quisiera sumergirme en el, recorrerlo, regresar el tiempo, transmutarme en la misma mujer del vestido blanco, para decirle que era un engaño lo que ella creía fervientemente en aquel instante. Ricardo sonreía, y yo perpetuaba con la sonrisa de siempre el momento, con esa que desde niña jamás me dejaba conforme en las fotografías, con la cara de otra que no era yo. Aun ahora que la veo me da algo de pena, me sonroja y me invita a voltear el portarretrato.
Anoche Ricardo llegó de nuevo con esa cara que ya se le esta haciendo de costumbre, con las cejas como a punto de besarse, y con la mirada distraída en cualquier cosa menos yo, lo veo como cansado, aburrido. Algo le pasa lo se, pero no me dice nada, y cada que le pregunto me contesta con el desden de siempre--- ¿pues que quieres que me pase Estela? Ando cansado.---lo mismo de siempre, y no quiero parecer como esas mujeres que siempre se quejan, que siempre pretenden inmiscuir en el comportamiento raro de sus maridos alguna otra mujer, no, lo mío es distinto, pues ya van muchas noches que se va a trabajar (según él) al sótano y llega a la recamara para tirarse a la cama como a las dos o las tres de la mañana--- ¿Qué tanto haces ahí abajo?---le preguntó, y con el desden que le es característico contesta---cosas que tengo pendientes mujer, ya deja de preguntar--- de por si la comunicación entre él y yo nunca ha sido muy buena. Cuando nos conocimos y nos hicimos novios, acostumbrábamos ir al cine, y durante la función nunca nos hablábamos, lo único que preguntaba era si yo quería algo (con esa modesta caballerosidad que el novio destila por esos días). Cenábamos y solo entrecruzábamos alguno que otro comentario sin importancia, después de ahí, me dejaba en casa, o antes nos íbamos por ahí en busca de algún lugar oscuro para entregarnos en frías caricias que solo traducían en tímidos gemidos llenos de monotonía clandestina. Cuando fue a pedir mi mano la cosa fue diferente, con mis padre se comportó muy ameno, platicaba y decía cosas que en su momento me sorprendieron, me hipnotizaron como a los niños los buenos cuentos, hablaba de planes profesionales a futuro, de cómo los dos juntos uno al otro haríamos un hogar prospero, donde nuestros hijos crecerían con la fortuna de tener una familia prospera y acomodada. La verborrea aquella sin duda terminó por convencer a mis padres, mas a mi padre, cuyo carácter de comerciante anhelaba casar a su hija con un “buen prospecto”. A mi también me convenció, pues después del compromiso se volvió un poco mas atento, llevaba flores a mi casa, a mi madre le compraba cosas costosas, a mi padre lo invitaba a comer con sus amigos empresarios (clientes potenciales para la farmacéutica de mi padre), quería terminar de convencernos a todos que el era el mejor partido.
Bajé al sótano cuando no estaba, pase por el húmedo pasillo de escaleras y prendí la luz jalando del cordón que colgaba aun lado del foco, me detuve, por que la humedad comenzaba hacerme estragos en la nariz, comencé a estornudar como idiota sin poder controlarlo. Topé sorpresivamente con un grupo de maniquíes que yo nunca había visto ahí. Ese sótano era toda una incógnita, pues desde que nos casamos, Ricardo me prohibió entrar. Los maniquíes parecían respirar, parecían tener vida, y un olor a polvo se desprendía por el aire, pedazos de algo parecido a uñas se esparcían por el suelo y el cabello colgado de cuerdas por todo el lugar comenzaba a darme escalofríos en la piel, aquel espectáculo tenebroso que empezaba yo a dilucidar no me lo esperaba, y menos en mi propia casa, debajo de donde yo había vivido todos esos meses. Una pequeña figura al fondo del cuarto parecía moverse, me acerqué con todo el miedo del mundo, y con un palo de escoba comencé a tocarlo. Un gemido atroz se soltó por el polvoriento aire, dejando mis nervios tocados y sin poder responder adecuadamente. Después de dejar aun lado mi pánico, comencé a desenvolver aquel bulto, con el cuidado que un cirujano tiene al intervenir. El bulto se retorcía con mágica tosquedad, y de este la cara de un niño pequeño se dejó ver más allá de las vendas y cintas, mi sorpresa fue mayor que mi miedo, de pronto estaba yo ahí, en el sótano de mi casa ayudando aun niño desconocido. ¿Pero como? ¿Cuando pasó? ¿Cómo fue posible que yo no me diera cuenta?...
El niño rogaba por agua, pedía que le llevara con sus padres…el pelo colgado, los maniquíes y el olor…ahora lo entendía…los viajes a indonesia…la pornografía que encontré en su computadora esa noche…sus tontas explicaciones, los nervios…
…estaba su computadora sola, y yo pretendía buscar en Google algunas cosas de costura francesa para la reunión semanal de damas del rotario. Abrí sin más intención que la motivada por la curiosidad sus documentos, había títulos de cosas del negocio, que no entendía, que no me llamaron la atención, hasta que llegué a una carpeta de fotos. La abrí pretendiendo encontrar fotos nuestras, como deseando románticamente encontrarme con un pedazo de ternura por parte de él, pero no, el destino era cruel, y peor lo que vi en esas imágenes de niños con miradas perdidas, de niños que parecían borrachos y medio dormidos, de niños desnudos en poses forzadas, carentes de toda conciencia humana, del mas malsano y depravado humanismo. Cuando le pregunté al respecto se disculpó con un: ya sabes como son mis amigos en el trabajo, me hicieron una broma de muy mal gusto, y se me olvido borrarlas. ¡Además tú que andas viendo mis cosas!---preferí dejarlo en paz, pues había volteado la situación en mi contra…
Solté al niño de sus amarras, pero cuando pretendimos subir juntos las escaleras…
Ricardo estaba parado mirando con furia, con esa mirada de bestia que no pretendía esconder, que ya no más fingiría, el niño grito de miedo, se escondió detrás de mí, el niño lloraba, yo lloraba…Ricardo era el mismo, pero mas controlado, sin mascara, ahora si destellaba en su rostro su verdadero yo, era un remolino huracanado que ya no podía yo controlar, el final…el cuchillo, el pequeño, me tiro a un lado, el niño se hundió en un penoso estertor…le rogué que no me matara, le rogué…sus ojos de muerto…su boca insultando…su mano…el cuchillo con sangre…mi pecho…el dolor…el cuchillo…el cuchi…
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