lunes, 20 de octubre de 2008

Mujer y Hombre.



Yo veía que sus caderas tambaleaban como lunar en el espacio, y en verdad, no les miento, era la bestia femenina más bella que yo había visto en mi mediocre vida. El atardecer conspiraba a mis espaldas para convertirse en noche, y las primeras farolas del pueblo aquel nacían por dentro en amarillenta luz, la cual tímidamente iluminaba el rostro de las personas ahí convocadas. El contacto de mis palabras con mis labios se había marchitado y limitado, carecido de una cualidad como esa me llenó de rabia frustrante, la cual desembocó en una ira llena de sana locura. La vi venir con los pies vestidos y la vista desafiante, con las piernas seduciendo al primitivo hombre mono que vive en mi interior, con la razón concentrada en ella y el deseo obstinado en salir, escapar, y así, como pez boqueando me tenia, sin estallar silaba alguna, solo limitado al contemplar de la mal nutrida existencia mía.

Con sus manos tocó las mías, y las mías ya le pertenecían a su cuerpo desde antes, la piel suave como aroma rozaba como viento a las nubes, conduciendo, llevando, transportando. Recuerdo el collar de plata que traía puesto, caía desde su cuello suavemente entre los pechos grandes, firmes y blancos, pechos que se inflaban tímidamente con su respirar, pechos que miraba y me hacían suspirar. Fui inmediatamente la victima de un huracán en mi interior, que deseaba deshacer todo a su alrededor, que deseaba salir por la ventana para convertirse en deseo.

Levantó la vista, y de sus ojos oscuros brotó la paz que necesitaba el mundo, la historia detuvo en ese instante el reloj que la conducía a una repetición destinada, los seres de todos los sitios comprendieron en la fracción del segundo el origen del universo. Era yo lo que llaman una luna llena, desbordando luz que en otro cuerpo tiene su origen, y los ojos miraban, como estrellas en la noche, como dos luces en la oscuridad cuando se acerca un coche, miraban, inmutados comprendían mucho y de ese mucho renací yo. Era mi segundo primer día en la tierra, era distinto al primero, este olía a viento marino, a sal, a clorofila, a vainilla; los olores mezclados hacían otro, distinto, nuevo, único, original, a ella.

Como las palmeras en verano, su cabello se movía al capricho del viento, conducido alevosamente por este buscaba un lugar para resistirse, pero ni su cara, ni mi boca, ni sus manos, mucho menos las mías pudieron darle lugar para que retomara su tranquilidad. Por fin la conspiración había rendido sus frutos, la noche era ya dueña del momento, los hombres y mujeres que servían de escenografía en el lugar comenzaron en una danza extraña a dispersarse por doquier. Eran ya de la noche las farolas, y en su estado juvenil alumbraban con la mayor intensidad la dispersión aquella, en los rostros de madera no se veía expresión alguna, en cambio en el rostro de ella se veía todo, el pasado, presente, futuro. Como esfera de cristal me enseñaba el porvenir, no le creía, pero ella me iba convenciendo poco a poco con sus labios, con su saliva, con su lengua. Era el lugar, éramos los dos, y me hablaba al oído con los pies en puntillas, me decía sobre el fin del mundo, sobre la verdad y la mentira, sobre las partículas de vida que ahora nos tenían disfrutando de la existencia, hablaba de presagios que no se cumplirían, lo explicaba todo en alegorías hermosas, tan hermosas como las gotas sobre su piel humana. De pronto ese espíritu combativo desembocó en deseo, y la ventana por fin cedió, dejando escapar la furia del huracán que estaba desesperado en mi interior, tornando los colores en fragmentos de luz diáfana que no podían ser ordenados por mi cerebro abandonado.

Mi cuerpo estaba en el sitio, ella en él, pero mi mente en otro lugar, eran miles de años caminado para llegar aquí, era justo e irremediable, era eterno y limitado. La anarquía de nuestras manos conducía a donde fuera con tal de no perdernos ninguna parte de nosotros, con tal de aprovecharlo todo, aunque ese todo era lo menos.
Serpenteamos como seres de la tierra, entre plantas y gusanos, regresamos al lugar de nuestros antepasados, con las raíces como manos, sembrándonos en la piel. Era justo ahí, en el borde del existir, donde el hombre se vuelve algo y la mujer el principio.

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