Cubo de azulejos azules, cuadro de basura y botellas de vidrio, rectángulo proveedor y hogar de los cuatro desamparados que éramos. La mujer de ojos de gato jugaba con la rata, con regordete roedor que parecía haber salido del mismismo infierno, con el portador de esas pulgas asesinas que por las noches no dejaban dormir, que fastidiaban y consumían la piel en pedazos pequeños, como para que no nos diéramos cuenta, como para que no vislumbráramos su presencia. La rata chillo…y Daniela seguía sumergida en sus pensamientos, Daniela no se inmuto. A Daniela le gustaba que la llamaran la barona. Ella decía provenir de una familia aristocracia, pero era mentira, como todo, como nada. Su reino pertenecía ahora al de las ratas, el de los seres que se ocultan bajo la superficie, bajo los pies, ahora ella era la reina de las criaturas desamparadas, de esas que la misma naturaleza mandó al inframundo, para no saber de ellas, para no tener que lidiarles.
Éramos los últimos cuatro filósofos sobre la faz de la tierra, inmiscuidos en recomponer lo irreparable, lo agotado, lo que ya no daba para más. Ismael contemplaba lo que podía con el único ocelo que le quedaba sano. Miraba el cielo gris y el desamparo que este mostraba, ni aves, ni nubes, ni anhelos. Todo estaba finiquitado en esa efímera intención de pertenecer que Ismael añoraba, aunque fuera un poquito como antes, decía, pensaba. Ismael no jugaba, solo miraba, con el ojo gacho y la mirada perdida, con el cuello amaestrado para seguir doblado hacia atrás hasta la eternidad si fuese necesario. Constantino planeaba la destrucción, y con su voz de poeta moribundo declamaba palabras que parecía carecer de sentido:
--- ¿Cuándo dejamos de ser semejantes para convertimos en idénticos Jodido?, no contesté, pues no tenia respuesta alguna, nada se me ocurría, me puso nervioso, y en el alucine de la indiferencia me conduje a otro lugar, a un sitio no como este, aun sitio de verdad, donde aun los celulares reciben llamadas de personas queridas, de familiares y amigos que no pretenden mas que saber de ti, de tu existencia.
---contesta Jodido, anda, dime ¿Cuándo, cuando?--- replicó con esa insistencia infantil que caracterizaba a Constantino.
--- ¿por que no le preguntas a la barona?---le dije señalando con el dedo hacia donde Daniela jugaba aun con la rata.
--- esa pinche vieja no sabe Jodido, no sabe nada, ni siquiera sabe que esta--- el muy idiota se atrevió a decirle pinche a Daniela, por eso ya no le contesté. Y la sangre me hervía, se evaporaba de coraje, pero me quede callado, como el lastimoso cobarde que soy.
---cuando decidimos que todo era nuestro y renunciamos a participar, ahí nos convertimos--- Ismael contestó de manera sorpresiva, nunca dejó de mirar hacia arriba, hacia el cielo, buscando aves. Constantino buscaba algo entre las bolsas de plástico que le acompañaban siempre, las traía por si se encontraba algo útil que pudiera guardar para después, cuando lo necesitase.
---ya vas con tus pinches chucherías Constantino, pura pinche basura trais ahí---dijo Ismael devolviendo la mirada de su único ojo a la tierra.
---que te importa no---Constantino replico. Y motivado le aventó una botella que se fue a estrellar en la escalera de lo que algún día fue la alberca. Ismael reía y mostraba sus encías desdentadas, Ismael le mentó la madre a Constantino.
---Constantino tiene miedo Jodido, no te das cuenta, ¿o eres pendejo?---soltó Daniela el dardo hacia mi ser sin que yo pudiera responderle claramente a lo ultimo, a lo de pendejo.
---no entiendo que quieres decir barona---dije sin mas empacho por lo ultimo.
--- pues esta mas claro que el agua, Constantino tiene miedo del Apocalipsis, el tiene sueños, y en esos sueños aparecen demonios de fuego que luchan contra hermosos Ángeles en esta alberca, según las visiones este es el Gólgota donde sucederá el fin de los tiempo, la ultima batalla, por la que tanto teme Constantino---
--- ¡a que vieja mas mentirosa!, ¿y quien te lo dijo?---preguntó Ismael.
---me lo acaba de decir Lucrecia.
--- ¿y esa quien es?---pregunté.
---es mi amiga la rata, ella todo lo sabe, todo lo escucha, es muy lista, esta en todo, y su conciencia es tan presente como la tuya y la mía---
La noche llegaba y el frío se adueñaba de nuestros miedos, de nuestros pensamientos, de nosotros, y entre sueños y delirios comencé a dormir, Ismael prendió el fuego, este inteligentemente había traído basura para poder alimentarlo, para poder mantenerlo…
…un…sitio…a lo lejos…el progreso, y yo en medio. El tumulto de personas corría, andaban, deambulaban, en la limpieza. Todo brillaba en el lugar, el reflejo de una luz diáfana confundía a los ojos, los cuales buscaban donde ampararse, donde reposar. Y a lo lejos una mujer, Daniela, mirándome desde un puente, vestida de color verde, era un vestido el que traía puesto, y en la mano, la rata, con al cola carnosa enroscada en su antebrazo derecho, Daniela gritaba, pero el lugar carecía de sonido, no entendía yo nada de lo que salía de su boca. Daniela se veía hermosa, con las mejillas rojas como duraznos, y con el cabello flotando en el viento. Su piel blanca parecía camuflarse tímidamente con el fondo brillante del lugar, Daniela seguía gritando. De pronto, el puente comenzó a caerse en pedazos, trozos de este se desmoronaban sin que yo pudiera hacer algo, corría, corría hasta donde estaba ella, pero nada, nunca llegue, ella se caía junto con el puente, yo lloraba, rogaba que no se fuera, que no se muriera…
Ismael me miraba cuando desperté llorando, como si fuese un niño chillón que hubiera perdido algo.
--- ¿que te pasa Jodido?, que ¿tuvistes una pesadilla?
---algo parecido---
---chingate uno, te va relajar--- me dio un carruco con una amabilidad que desconocía de él. No me lo fumé, no tenia ganas. Lo guardé en la bolsa del pantalón.
--- ¿y Constantino, y la barona?---pregunté de inmediato al percatarme de su ausencia.
---no te preocupes, por ahí andan, fueron aflojar los deseos---me dijo el muy infeliz con su ojo de cíclope desarraigado mientras soltaba una carcajada, y la luz que se desprendía del fuego se aferro en su cara como si fuera una sucursal del mismo. Salí aventando los cartones, como si el miedo de algo que no entendía se posesionara de mí.
--- ¿A dónde vas Jodido?---
---hacer del cuerpo cabron, ¿Qué, ya ni eso puede uno o que?---
---no te me encorajines Jodidito, solo preguntaba---Salí de la alberca aquella que hacia de mundo, con la mirada abusada, mirando, buscando, deseoso de no encontrar lo que estaba destinado a ver. Se retorcían como aves en suelo, como esas que ya no pueden volar después de ser alcanzadas por un cobarde proyectil. Los pantalones miados del hombre estaban hasta sus tobillos, mientras que ella había subido su larga falda de mezclilla hasta la cintura, él tiraba y ella dejaba caer el cuerpo pesado de este. Con la espalda en el suelo. Daniela parecía disfrutarlo, parecía desprendida del mismísimo tiempo, y con el destello de sus ojos felinos me miraba al mismo tiempo que sonreía de placer, como invitando a ser parte. Constantino tiraba y tiraba, y con gemido de borracho a punto de vomitar conducía el monótono vaivén sobre ella. No se percataba de mi presencia el muy imbecil, solo se concentraba en el placer que le producía aquella penetración, aquel juego animal que los consumía en aquella dicotomía de fuerzas. Tire fuerte de la tabla que colgaba de una barda que estaba apunto de caer, era gruesa y lo suficientemente fuerte como para herir, como para hacerle justicia a mis sentimientos. La muerte le esperaba, Constantino estaba disfrutando y yo con la alevosía que da el ser un ente oculto en la oscuridad, le pegue varias veces en la cabeza, el chorro de sangre era escandaloso, y Daniela quedo bañada en la sangre del gordo aquel, desde la cara hasta su sexo, desde su sexo hasta los pies, Constantino estaba muerto y yo vengado. Pero mi furia descomunal continuó su ya impulsivo camino. Con solo dos golpes y ella también estaba muerta, su cabeza ahora estaba adornada con tremenda raja de amarillenta grasa.
--- ¡¿Qué hiciste jodido?!---preguntó sorprendido Ismael.
--- ¿no ves?, ahora ya somos iguales Constantino y yo, dejamos de ser semejantes, para convertirnos en iguales, sin el amor de la barona. Ismael intentó correr, pero previendo su movimiento de chango borracho me le interpuse en el camino. La escuela estaba abandonada, el lugar era nuestro, Ismael y yo sus dueños, sus únicos dioses, sus ídolos de barro como el color de nuestra reseca piel. El mismo madero, distinta cabeza, Ismael caía en su propio charco de sangre, se perdía, su fluido rojo oscuro, rojo cuajado.
Lucrecia me miraba, era la única testigo de lo que acababa de hacer, Lucrecia no rajaría, Lucrecia era buena, era una rata…
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