martes, 16 de diciembre de 2008

Salvando ranas.

Fuimos niños muchas veces, pero ninguna como esta…


…las luces de la dirección estaban prendidas. Daniel con esa mirada entrecruzada de francotirador que tenia, observaba cuidadosamente los pasos de la señorita Zavala, ella caminaba con desden hacia el baño de las niñas, la señal, el área estaba libre. De pronto y cuando me deponía a cumplir mi misión, el director Govela, alias “orlando pingüino” (así le pusimos después de la operación en las rodillas) entraba indiscriminadamente a la dirección. El muy prepotente tomó una taza de la repisa, sirvió café, y se dispuso a mirar a los demás niños que disfrutaban de su recreo sin inmutarse de la desparramada presencia de su observador.

---¡aborta, aborta!--- me decía entre dientes Daniel. Como podía pensar que abandonaría la misión de manera tan cobarde, jamás.

Daniel entendió, y valientemente decidió tomar cartas en el asunto, se levantó del lugar donde hacia de vigía, no entendí en el momento para que, incluso me molesté por la repentina actitud de mi amigo. Salió corriendo hacia la cancha de futbol, donde las niñas de sexto año jugaban voleibol, se dirigía como una saeta, como si el viento se hubiese rendido ante él, algunos lo observaron, otros no se dieron cuenta, cuando de pronto, tomó con sus brazos el rostro de Sonia, mientras elevaba sus pies en puntitas para alcanzarle, no tengo que decirles mas, pero ese beso fue el mas espectacular que yo haya visto en mi corta vida, fue preciso, suficiente, y fríamente calculado, imagino que ya lo había pensado mas de dos veces. Pero lo mío, lo mío en ese momento era otra cosa, así que sin pensarlo, salí corriendo hacia la dirección, inmediatamente después de que el pingüino salió impulsado por la algarabía en el patio. No había mucho tiempo así que inmediatamente abrí los frascos donde estaban contenidas las ranas, y por la ventana de atrás que daba al patio y al desagüe, comencé mi tarea, una por una fui liberando a las ranas, hasta que ya no quedo ninguna en los botes. Sentí una mano en mi hombro, y el escalofrío se dejó caer por mis pantalones, la señorita Zavala comenzaba a sostenerme fuerte con su mano en el hombro.

Ahí estábamos, Daniel, Sonia, y yo, esperando a que el director Govela terminara de hablar con nuestros padres. Vaya, que momento aquel, aunque pareciera que perdimos, para nada, todos ganamos, Daniel, una novia, las ranas libertad, pues nunca las encontraron, y yo gané una satisfació extraña que nunca había sentido, pero que me regalaba una sonrisa en la cara sin necesidad de querer reírme…


…una sensación que solo parece pertenecerle a los niños que fuimos.

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